Entre la plaza de Capuchinos y las faldas de la calle Alfaros está la escalonada Cuesta del Bailío.
Protegida por las buganvillas que caen desde el huerto de los Capuchinos, enmarcada por el palacio de los González de Córdoba que en la actualidad acoge la Biblioteca Viva de Al-Ándalus, este pintoresco rincón de la ciudad secreta constituye uno de los espacios mágicos de Córdoba.
Las escalinatas que salvan el desnivel entre plaza y calle llevan hasta una de las plazas más bellas de Andalucía. Sobria, silenciosa y recatada. Un poeta, Ricardo Molina, la definió como un «rectángulo de cal y cielo», y un arquitecto, Rafael de la Hoz, aseveró que «nunca jamás se había dicho tanto con tan poco». Capuchinos y la Cuesta del Bailío resumen como ningún otro lugar de la capital la esencia más oculta de Córdoba. El aspecto de ambas se configuró entre los siglos XVII y XIX, con la compra de unos terrenos por parte de una serie de órdenes religiosas que dejaron en su centro un rectángulo empedrado en uno de cuyos laterales se alza el Cristo de los Desagravios y Misericordia, conocido popularmente como el Cristo de los Faroles.
Una ruta a través del pasado andalusí, de Algeciras a Granada, pasando por Cádiz, Jerez, Ronda y Vélez-Málaga.
Conocer la civilización hispano-musulmana que durante un tiempo habitó en Andalucía es posible gracias a las rutas de turismo cultural elaboradas por la Fundación Andalusí. Una de ellas propone seguir la pista de almorávides y almohades con un recorrido que une Algeciras y Granada con trayectos que discurren por Cádiz, Jerez, Ronda y Vélez-Málaga. Los almohades y almorávides fueron dos movimientos que forjaron grandes imperios en el norte de África y la Península Ibérica entre los siglos XI y XIII. Su paso por Andalucía evidencia la profunda relación entre dos continentes separados por un estrecho. Del fructífero contacto de civilizaciones aún sobreviven un fondo cultural y artístico muy interesante.
La ruta comienza en Algeciras y Tarifa, los puntos de partida del itinerario. Algeciras fue la primera ciudad en pasar a formar parte en el siglo XI de los almorávides, interesados por su ubicación estratégica. Su núcleo antiguo se encuentra mirando a la bahía de Gibraltar y en ella se pueden disfrutar de la Plaza Alta, las casas barrocas, modernistas o de inspiración inglesa, un interesante Museo Municipal o los parajes ajardinados de la Villa Vieja. El camino se divide entre dos opciones: un primer ramal se dirige en línea recta hacia Ronda a través de los hermosos pueblos del Valle del Genal, mientras que el segundo se dirige a occidente hasta llegar a Cádiz y recorrer los municipios de Alcalá de los Gazules, Medina Sidonia hasta alcanzar la capital y de ahí introducirse en los pueblos blancos gaditanos: Grazalema, Zahara, Algodonales, Olvera, Setenil, hasta llegar a Ronda.
El camino continúa hasta Vélez-Málaga a través de Teba y Campillos, cruzando mesetas y campos de trigo. Teba se eleva en un cerro y cuenta con el castillo roquero de la estrella, una fortaleza cimentada en el siglo X. En el entorno de Campillos, el viajero puede disfrutar de la reserva natural de sus lagunas y desfiladero, así como las ruinas de Bobastro.
El trazado final de la ruta se aproxima a Granada, que fue la cabeza del dominio almorávide en Al Ándalus, a través del camino que conduce directamente desde la costa malagueña con parada en Vélez-Málaga, capital de la comarca de la Axarquía, que está coronada por el gran torreón de su Alcazaba. Alcaucín, Zafarraya, La Malahá y Las Gabias son el resto de municipios que atravesar hasta llegar al fin del camino: Granada.
En el Campo del Sur, frente a los balcones coloniales, a espaldas de la Catedral, el oleaje rompe en las defensas del espigado paseo que recorre la cara atlántica de la ciudad.
Las saladas gotas de la mar salpican a los paseantes. Cádiz tiene una hermana de leche y sangre al otro lado del océano. Una hermana nacida de las mismas ideas, por los mismos hombres, amasada con las mismas inquietudes que dieron luz al siglo XVIII.
El Campo del Sur de Cádiz alumbra el mismo propósito que el Malecón de La Habana. La Catedral es hermana en proporciones y equilibrios a aquella otra que se yergue viejita y parda en el corazón de la capital de Cuba.
La calle Obispo de allí es la calle Sacramento de aquí. Su paseo del Prado, alfombrado por altivas palmeras, derrama similares sombras, gemelos aromas, idénticos olores a los que se respiran cada mañana en el parque gaditano de Canalejas, frente a la avenida del Puerto, al lado del trasiego de amarres, buques, mercancías y solícitos marineros que cada día llegan, como allí, a estas aguas surcadas por las mismas sirenas.
Proponemos un paseo por el corazón histórico de las ocho capitales andaluzas, a través de ocho de sus más bellas e históricas calles.
Almería: El Paseo, rumbo a la mar (1/8)
Hubo un tiempo en que Almería fue uno de los más pujantes puertos de todo el Mediterráneo.
Fue bajo los gobiernos árabes de Al-Ándalus y de esos siglos nos queda la Alcazaba como el más inexpugnable bastión de aquella cultura.
A sus pies se despliegan los barrios de Almería, como pequeños pueblecitos formando una gran ciudad. La capital burguesa inventó en el siglo XIX un nuevo trazado urbanístico para dar respuesta a los gustos de una ciudadanía que de ningún modo quería quedar arrinconada en una esquina del mapa de Andalucía.
Nació así Puerta Purchena y El Paseo, que baja paralelo a la Rambla de Belén buscando el puerto, el Cable Inglés y la playa del Zapillo.
Árboles de generosas sombras flanquean un lado y otro de este bulevar romántico donde se alzan edificios de corte historicista, casonas señoriales de aliento regionalista y un sinfín de comercios de tentadores escaparates, junto a pubs, cafeterías, restaurantes de cocina tradicional y mercados donde cada mañana llega el mejor género del mar Mediterráneo.
La conservación de la biodiversidad durante 2009 en Andalucía
martes, 09 de marzo de 2010
Las actuaciones realizadas se han enmarcado en programas de conservación de la flora y la fauna silvestres, de recuperación de hábitats de especies amenazadas y otros programas horizontales, así como a la consolidación de las redes de apoyo a todos estos programas y sus infraestructuras.
Muchos de los trabajos realizados han contado con la cofinanciación de la Unión Europea a través de alguno de sus Fondos.
Entre los programas de conservación de especies amenazadas sobresalen los de fauna como águila imperial, buitre negro y los de flora como la manzanilla de Sierra Nevada o los enebrales costeros, hasta un total de 1.000 especies.
Junto a ellos, existen numerosas redes de apoyo, con su personal y sus infraestructuras, que llevan varios años consolidándose, entre ellos la Red Andaluza de Jardines Botánicos, la Red de Centros de Conservación de Especies Amenazadas, la Red de Comederos de Aves Carroñeras, la Red de Centros de Cría de Especies Amenazadas, el Centro Andaluz de Análisis y Diagnóstico y la Red de Viveros.
En 2010, coincidiendo con el Año Internacional de la Biodiversidad, el patrimonio natural andaluz, especialmente su diversidad biológica, se consolida año tras año como elemento promotor del impulso económico del medio rural, generando empleo y mejorando la economía de zonas cuyos recursos proporcionan, además de los beneficios directos, otros muchos indirectos, como el corcho, la recolección de espárragos, setas, caracoles, plantas medicinales, así como la caza y la pesca deportiva.
Desde lo lejos, desde la mar, Mojácar parece un ovillo blanco, abrazado a un altivo cerro desde el que se divisa buena parte del Levante Almeriense. Mojácar es uno de los pueblos más hermosos de la provincia de Almería. Su blanco caserío atesora aún la inspiración morisca con la que fue creado.
Las formas redondeadas de sus viviendas, las cúpulas, minaretes y escalinatas que se abren a cada paso son el mejor patrimonio de un pueblo que conserva en el plano gastronómico sustanciosos platos de cuchara y mar.
A pocos kilómetros de Mojácar, al lado de las playas de arena blanca, destacan pueblos como Garrucha, famosa por sus gambas rojas. O complejos turísticos como los de Vera, que acogen desde mediados de los años setenta las primeras urbanizaciones naturistas de España.
Lo primero que de Mojácar llama la atención es su blanco caserío, arracimado sobre un escarpado y abrupto cerro, próximo a las sierras de la Cabrera. Cuanto más se acerca el visitante, más percibe la huella morisca que imprime toda la localidad.
Mojácar es un pueblo de trazado árabe, levantado en el interior para protegerlo del ataque de los piratas que pululaban antiguamente por el convulso mar Mediterráneo.
Hoy la localidad está dividida en dos grandes zonas: Mojácar pueblo y Mojácar playa. La historia y la monumentalidad residen en el primero; el bullicio, la animación y los servicios turísticos, en el segundo.